viernes, 22 de agosto de 2008

"los límites en la educación de nuestros hijos"

Resulta muy desconcertante para algunos papás escuchar que a menudo los hijos aducen, para rehusarse a obedecerles o cumplir con un deber, que no les agrada hacerlo. Hoy día es bastante usual que los niños hagan tan sólo lo que les "nace", es decir, que su pauta para actuar sea lo que sus deseos o sensaciones les dictan como agradable.

Por sorprendente que parezca esta actitud, basta observar cómo estamos actuando mamás y papás, para ver que también usamos ese criterio para regular su conducta.

Efectivamente, con tal de que se sientan contentos, se les permite hacer una infinita cantidad de cosas. Por ejemplo, hoy los pequeños ya no ven una sino tres películas seguidas, porque todas son aptas para menores; ya no practican dos deportes sino cuatro a la vez, porque todos son buenos para su salud. Y los jóvenes ya no tienen uno o dos planes los fines de semana, sino varios casi a diario, porque andan en buena compañía. Parece que el único parámetro que se tiene en cuenta es que no sea dañino y los divierta; luego, no hay para qué limitarlos.

Lo que ignoran muchas madres y padres es que, según los expertos, el origen del caos social y moral de nuestros tiempos radica, en buena medida, en la falta de límites. En efecto, "el desenfreno es la característica de la civilización actual, que vive de la desmesura y por ello se asfixia en la insatisfacción, el hastío y la violencia", decía el humanista Ramón de Zubiría. Con razón se ha dicho que el auténtico secreto de la felicidad reside en la mesura.

La ética de las sociedades civilizadas, que desde siempre rigió el comportamiento de la humanidad y garantizó la armonía entre los pueblos, tiene su eje en la moderación. En ella reside la diferencia entre el uso y el abuso del placer. Lejos de placentero, es terrible que sean nuestros impulsos o instintos los que nos arrastren y nos sometan a excesos que le quitan el goce a lo que, si disfrutáramos con moderación, habría sido una experiencia dichosa.

La felicidad no se puede concebir en términos tan triviales como "gozar la vida" y estar siempre gratificados. La verdadera felicidad es un estado existencial que nace de un profundo sentimiento de satisfacción y realización personal. Esto exige, en primer lugar, tener el autocontrol necesario para ser amas y dueñas de nosotras mismas, y regirnos por principios superiores a los meros deseos o apetitos.

De tal manera que es urgente asegurarnos que estamos limitando a los hijos lo suficiente para que desarrollen las cualidades esenciales para dominar sus impulsos, es decir, la virtud de la templanza, la cual se siembra en la austeridad y se cultiva en la mesura. Sólo así tendrán la voluntad para poner en práctica los principios fundamentales que les guiarán hacia una existencia plena y feliz.

No podemos olvidar que el placer embriaga y nos expone al riesgo de derrochar la vida, hundiéndonos en un doloroso vacío espiritual que convierte nuestra existencia en una incesante desdicha, en una insatisfacción permanente.

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