
Hoy es un día hermoso, me levanto por la mañana y se respira tranquilidad, equilibrio. Todo parece perfecto, cada sonido que proviene del ambiente emerge como una sinfonía celestial, nuca me había sentido así, tan calma, ¿era posible todo esto?, si, por qué no, Renato salía a trabajar como cada mañana, tranquilo, cariñoso, y se respiraba la mañana clara como una cascada suave de agua fresca que limpiaba la casa, cada pisada iba dejando un brillo maravilloso, una estela brillante que anunciaban signos de paz, de tregua.
Yo no sabía que hacer con toda esa paz, me inundaba y casi me intoxicaba con esa vital energía pura, me miraba en el espejo y veía mi alma reflejada allí, me hablaba y danzaba para mí. Sonriente, despampanante que me decía:
-¿esto es lo que buscabas y anhelabas?, ¿eres feliz?, ¿tienes todo lo que querías?
Meditaba en esas palabras que mi conciencia susurraba y parecía ser el preludio al movimiento violento y descarnado de todo cambio, así como a toda tormenta le sucedían momentos de inercia, de linealidad, entonces ahora llegaba el momento de la agitación, ¿quién daría el primer paso?, ¿quién movería la primera pieza del intrincado juego de la vida? ¿quién resultaría ganador o perdedor de este cambio?
-quiero que hablemos y definamos nuestra situación, decía con gran dolor Renato, y yo ya no quería nada más, estaba saturada, había llovido por mucho tiempo en mi vida y las gotas habían erosionado la felicidad.
Esas fueron las palabras que iniciaron la convulsión y el vuelco del momentáneo instante de calma para generar la transformación, fue el inicio del fin y el comienzo de otros caminos.
Sentía un desapego muy grande por la casa, las actividades de ésta, ya no deseaba estar ahí, sólo quería escapar, ser un ave y volar libremente sin destino, pero sucedió que Renato ya había pisado fondo y finalmente preguntó directo, ¿quieres seguir conmigo o ya no tenemos solución? yo, sacándome los miedos y las angustias le dije
- ya, se acabó, es demasiado tarde para reconstruir algo.
Sentí un gran alivio, así como las hojas de los árboles caducos cambian las tonalidades en otoño, de verde a amarillo, de amarillo a rojo, esas palabras volaron ondeantes y suaves en la atmósfera y transformaron el mundo. Se produjo el gran quiebre, aquél mosaico de tiempos y espacios vividos desestructurándose de un solo golpe, pero esos pedacitos se los llevó la lluvia y el viento otoñal, para dejar paso a la felicidad, a la paz.
Él, se fue y todo cambió…ahora siento un vacío, se fueron tantos momentos difíciles. Aún no he hecho cambios en casa, el tiempo ha quedado congelado, es extraña la sensación, quise reír y se llenó mi cara de felicidad, por primera vez, ahora yo sola enfrentada a mí misma y sin saber que existía la paz.
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